Alpinismo

Para disfrutar del alpinismo te tiene que gustar pasar frío. Hay gente a la que no le gusta y otra a la que le gusta el frío. A mí me gusta.
Pero, ¿puede alguna vez ser placentero el frío? ¿Cómo le puede gustar a alguien pasarlo mal a propósito?
Yo no creo que el frío intenso pueda nunca ser un placer. La vida misma es una lucha contra el frío. En los genes y la piel llevamos grabada la sensación cálida de las praderas africanas cuando nacimos hace 1 o 2 millones de años.

¿Y entonces?

Bueno. Yo creo que es precisamente eso. Cuando se retorna del frío, la vida late en el propio cuerpo con más intensidad. Después de haber estado encogida en el interior, acurrucada, defendiéndose, cuando nota que el peligro ha pasado, comienza a ocupar de nuevo todo el espacio, sale a borbotones y rezuma por la piel y hasta más afuera todavía.

Así debería ser siempre la vida, sentida a borbotones, pero tristemente necesitamos del frío para volver a sentirla.

Aunque no pueda creerlo

Veo el mar envuelto por un cielo gris y un frio que penetra en mí más de lo que debiera, teniendo en cuenta que lo contemplo a través de la ventana.

El canto de los pájaros rompe el estatismo de la imágen. El tiempo no está muerto. El frio no ha congelado el mar ni a mí mismo, aunque no pueda creer ahora otra cosa.

No es posible sentirlo, y sin embargo, el sol está ahí, encima de esas nubes oscuras. Está calentando todo, dando vida, brillando. Aunque no pueda creerlo, la primavera tiene que venir. Se abrirá paso entre las nubes, será más poderosa que el frío de esta tarde gélida y se infiltrará en todas las cosas, llenándolas de vida, de calor, de energía.

Aunque no pueda creerlo, ocurrirá así como os lo digo. La vida volverá.

En busca de mi sofá

No sé como explicarlo, pero he perdido mi sofá.

Es una situación absurda, ya lo sé. Sobre todo si explicara las circunstancias concretas.

Es un proceso que me ha llevado años, poco a poco, pero lo he ido perdiendo, y no me he dado cuenta hasta hace menos de una semana, de sopetón, como todos los malos tragos de la vida.

No podría explicar claramente cómo se siente uno sin su sofá. Imagina un día de lluvia de mediados de febrero, mejor un sábado. Después del desayuno sientes un frío que pela y te apetece tomar tu mantita y acurrucarte en el sofá…. ¡Pues ni manta ni sofá! Solo desamparo, una sensación de desprotección contra el frío, contra la lluvia, contra el cansancio. Una condena eterna a vagar errante de pié por la vida sin reposo. Porque un sofá es bienestar, es reposo, es hogar, es… lo que he perdido.