Los hijos

Hace ya años, cuando yo era más simple que el mecanismo de un zapato, y pensaba de verdad que los hombres no lloraban o que por lo menos les costaba más que a otras personas , este relatito de Eduardo Galeano me pilló a traición y consiguió que no pudiera controlar una lagrimita.

Y es que lo peor de amar a alguien es ver sufrir a ese ser desde nuestra impotencia humana… snif…

Los hijos
Hace once años, en Montevideo, yo estaba esperando a Florencia en la puerta de la casa. Ella era muy chica, caminaba como un osito. Yo la veía poco, Me quedaba en el diario hasta cualquier hora y por las mañanas trabajaba en la Universidad. Poco sabía de ella. La besaba dormida; a veces le llevaba chocolatines o juguetes.
La madre no estaba, aquella tarde, y yo esperaba en la puerta de casa el ómnibus que traía a Florencia de la guardería.
Llegó muy triste. No hablaba. En el ascensor hacía pucheros. Después dejó que la leche se enfriara en el tazón. Miraba el piso.
La senté en mis rodillas y le pedí que me contara. Ella negó con la cabeza. La acaricié, la besé en la frente. Se le escapó alguna lágrima. Con el pañuelo le sequé la cara y la soné. Entonces, volví a pedirle:
-Andá, decime.
Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería.
Lloramos juntos, no sé cuanto tiempo, abrazados los dos, ahí en la silla.
Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservado.

Eduardo Galeano – Amares

Los de arriba‏

Me había olvidado completamente de ellos desde hace años. Y ha sido un olvido imperdonable. Posiblemente la cosa no fue peor porque ellos (y ellas) nunca se han olvidado de mí.

Ahora que hablas de los de arriba, súbitamente he tomado conciencia de la sensación de desamparo de estos últimos años, sin creer en nada y muy muy perdido.

Poco a poco voy recordando la familiar sensación de sentirlos detrás mia, en cada situación decisiva en mi vida. Para que todo saliera bien. Y yo tenía la seguridad que da creer que no te vas a equivocar. No hacía falta pedirlo. Estaban ahí porque para ellos yo era su razón de ser ahí arriba, o porque se marcharon demasiado pronto dejándose a seres muy amados aquí.
¿Quién sabe?

Espero que no sea demasiado tarde para volver a caminar en su compañía.