Libros y colores

¿Recuerdas cuando leía en tu piel
cada latido del corazón?
¿Te acuerdas?

Sí, me recuerdas.
Me recuerdas al acecho,
bajo la lamparita amarilla.
buscaba leer en tu cuerpo
palabras hechas de pasión
con que te llamaba a mi lado.

Leía tu piel con avidez,
te consumía voraz
pasaba tus páginas suave,
impaciente, ardiente,
para devorar tu siguiente deseo.

Así éramos.
Tu escribías mi deseo,
yo leía en tu deseo.
No había nada más,
ni faltaba mucho menos
que una sola chispa
para prender tanto beso
escrito en papel inflamable.

Así escribimos páginas rojas
noches y noches sin descanso,
páginas blancas tantas albas
sorprendidos por el frío sin sábanas,
páginas azules de sol y mar
con las manos llenas de amor,
páginas amarillas de angustia
plagadas de tu fiebre y mi insomnio,
páginas negras de lágrimas,
de olvido y andar perdidos.

Páginas, páginas y páginas
con tinta roja, salvaje y valiente,
como tu sangre
y la mía.

Paris de noche

Para nosotros, Paris era una lamparita amarilla encendida en la buhardilla de un hotel.
Para mí, Paris eran tus manos posadas en mi espalda.
Para ti, Paris eran mis ojos verdes junto a tu boca.

Aquella noche, ninguna calle vió pasar tu espalda ni mi boca.
Ninguna plaza vió vagar tu pasión ni mi ternura.
Ningún café nos vió enredarnos en el sudor de los abrazos.
Ninguna farola alumbró más que tus ojos encima de los míos.

Esa noche, la ciudad se sintió muy sola hasta el amanecer.

Lluvia ambar en Paris

Aquel té de jazmín tenía el color del ambar mas delicado.
Mientras, fuera llovía sobre los bancos de la orilla del río
y dentro flotaban los poemas sobre la tarta de chocolate.

-Siempre lo recordaremos- dijimos entonces.
Ojalá yo lo recordara así y ojalá tú hubieras estado allí.

Con unas tijeritas hubiera recortado un rio
para pegarlo encima de mi poster de Paris, que no tiene orilla,
hubiera añadido mis poemas para alegrar un poco
la tarta que venden en el supermercado de abajo,
y tus ojos de color ambar hubieran hecho el resto,
incluso sin lluvia.

Paris lo hubieramos inventado más tarde entre los dos.

Lluvia clara

Recuerdo aquella tarde en Barcelona como si fuera ayer. Fue hace mucho, casi 20 años, pero aun me veo corriendo por los andenes de metro para llegar a tiempo a la catedral.

Era primavera y era un día gris de finales de mayo. Pero no era un día triste. Hacía mucho calor y humedad, y la lluvia caia mansamente.
Era uno de esos días en que la lluvia no era fría. Tan solo te hacía sentir la ropa húmeda en la piel, y el calor pegajoso del final de la primavera.

Era un día gris, pero no era triste. No me sentía triste, sino blanco, porque todo era en gris y negro en ese barrio hecho de piedras antiguas, pero la lluvia era clara. Casi luminosa. Ni siquiera las piedras parecían duras sino dulces, redondas… suaves.

Recuerdo los contrastes de la luz.
La oscuridad solemne de la catedral frente a la lluvia blanca
cayendo alegre desde las gárgolas,
cantando sobre la piedra gris de los callejones.

El contraste del órgano llenando de silencio la iglesia
como si fuera un líquido negro y pesado.
Y fuera el silencio leve de las calles desiertas,
enmarcando el rumor de los chorros de agua cayendo de los tejados.

La piedra, el agua, el ruido, el cielo,
todo era muy joven
porque la lluvia había limpiado la piedra de historia y recuerdos.

También recuerdo una tarde de libertad mágica.
No había otra cosa que libertad en mi soledad esa tarde,
porque la soledad era libertad para correr feliz
a jugar con mis sueños de callejuelas medievales solitarias bajo la lluvia.

Me pregunto si aun existirá la lluvia a finales de mayo en Barcelona…

Entrenamiento para la vida

Os presento a mi grupo de entrenamiento, una pequeña familia reunida alrededor de Antonio, el creador y alma de todo el proceso.

Durante dos años, al igual que todas las cosas en la vida, ha nacido para llenar un vacío previo, ha crecido, nos ha dado muchos ratos felices para recordar y ahora desaparece. Bueno, no literalmente, pero sí en la forma en que lo hemos conocido los que lo hemos vivido en estos dos años, ya que Antonio dejará de estar al frente para ascender a unas alturas de mayor responsabilidad. Quizás la lección más difícil de aprender en el deporte es que todo tiene un fin, pero que más allá existen nuevas cosas y que olvidaremos estos ratos felices, aunque no para siempre.

De vez en cuando nos vendrán recuerdos a la memoria con una secreta satisfacción. La de haber tenido la suerte de estar en el lugar preciso y en el instante adecuado para formar parte de esta pequeña historia. Incluso habiendo tenido que vivirla desde fuera en los últimos 6 meses. También los lesionados hemos tenido nuestro protagonismo como ausencias en las que el hueco dejado permitía ver que éramos piezas valiosas de un todo que solo existe por la suma de sus pequeñas piezas.

Esta será claramente una de esas fotos que nos convierten en soñadores durante un rato cada vez que las encontramos en el album del recuerdo.