Princesas

El otro día pasaba una chica muy, pero que muy atractiva por la calle y mi amigo Martín comentó:

-A esa no podemos aspirar ni tú ni yo. Esa es “top”. Hay que tener mucho nivel para que ni siquiera te dirija la palabra.

Bueno. Tenía un físico muy cuidado, pero me dió algo de pena. Muy estirada por encima de los pobres diablos mortales que se volvían a mirarla pasar. Muy sabedora de esa posición de superioridad. Pero la pena no era por mí. Ni tampoco por ella. Al fin y al cabo llamar la atención no era algo que le hubiera caido encima como una condena, sino algo cláramente elaborado y minuciosamente planeado. No es para sentir mucha compasión. Casi un deporte sentir el poder de atraer para rechazar. Y esa es la clave, rechazar para que nadie se acerque tanto como para que se dé cuenta de la verdad. Es una de estas princesas de cuento perfectas, pero que son prisioneras de esa perfección imposible. Cada cosa que hagan o digan es un paso más hacia la decepción, porque van marcando la separación entre el ideal que encarnan y su humana realidad, que nunca es perfecta.

Las princesas que yo busco no son perfectas. Estas princesas son símplemente almas que despiertan en un hombre el deseo de ser bueno, digno, de mejorar como persona. Y ese sentimiento de querer mejorar no viene del miedo a ser rechazados, sino (esto lo imagino, no lo sé exactamente) quizás de un recuerdo de cuando fuimos ángeles, traido por esa ventana que nos asoma al paraiso que son las princesas.