Aprendiendo a ser felices (2ª parte)

Hoy, cierta discusión me ha convencido de la verdad de una idea que me ronda desde hace cierto tiempo.

Ayer pasé un día estupendo sin acordarme de mis problemas con mi visitante favorito, o favorita, debo decir. Tanto que el buen humor me duró mucho más allá de la visita, mientras ordenaba la cocina, mientras recogía la ropa del tendedero, y tanto que se me olvidó que tenía la lavadora llena de trapos. ¡Menos mal que eran trapos de limpieza y no ropa!
Por la mente solo me pasaban ideas bonitas, creativas, hasta me vi una película malísima (“300”) sin criticarla en absoluto.

Hoy, sin embargo, después de la discusión he tenido un nudo en el estómago todo el día, pero la preocupación no era por la discusión ni por los problemas en si, sino por el hecho de tener en frente a una persona cuya influencia me deja viendo todo con un color negro parduzco, con muy muy poco sitio para la felicidad.

Mi teoría es cierta. Hay personas que sacan de uno todo lo bueno y lo mejor, y hay personas que sacan de uno lo peor y lo más oscuro.
Esto suena a justificación de soplagaitas dedicado a terapéuta ayudador en las que toda responsabilidad por los actos propios recae en los padres, en la pareja, los astros o la increible cruz de pertenecer a un número concreto del eneagrama no saben bien por qué desgraciado accidente.

No. Pero es cierto. Hay personas con las que uno saca lo mejor sin esforzarse, y personas con las que uno saca lo peor sin pestañear. Y eso no quiere decir que no haya ya ninguna responsabilidad de los propios actos. A veces, también sale lo peor con mucha facilidad en una circunstancia concreta por mucho que todo vaya a las mil maravillas con alguien.
Y es ahí donde está nuestra responsabilidad. Reconocer eso y no empeñarnos en darnos cabezazos una y otra vez contra un muro cuando repetidamente alguien nos causa dolor. Y ojo, también nos causa dolor cuando somos rastreros con ese alguien. No creo que nadie se sienta bien agrediendo al otro incluso en la más sutil de las maneras (claro que también hay psicópatas pero eso se escapa de toda razón).

Nuestra primera responsabilidad hacia la felicidad propia es reconocer “con quién” estamos bien y con quién mal continuamente. Y no hace falta mucho tiempo para olfatear eso.

Obviamente, también hay una responsabilidad en ser capaz de no sacar lo peor en los prontos que nos llevan a eso. Pero eligiendo bien con quien estamos, son solo eso, prontos. Eligiendo mal, uno se siente como con los trabajos de Perseo. Cuando todo parece arreglado, zas, todo lleno de nuevo de barro y mierda.

Quizás la clave está en la estadística, en los porcentajes. Y ojo, no se trata de si nos lo “pasamos bien” en el sentido vanal de la palabra… de echar unas risas, divertirse…
No. Se trata de contar cuantas veces uno se siente noble, generoso, orgulloso, emocionado, en fin, volando a dos palmos del suelo, y todo gracias a esa persona… No es lo que “me pasa con” sino “lo que hago cuando estoy con”…

Por cierto, también se puede estar mucho más arriba del suelo, en las nubes concretamente, por causas hormonales. Y es que eso se confunde muy fácilmente… pero no dura.

Mentirijillas piadosas

Esta tarde la conversación viajó a muchos sitios, pero mirándote no pude evitar volver a Florencia durante unos momentos.

Quizás fue la luz suave de la tarde, quizás las especias del té, o tal vez el rosa sobre el rojo.
Quizás fue que no te temo tanto como me temo.
Quizás me olvidé de todo por un instante y vi posarse en tus labios un beso de buenas noches a las 5 de la tarde.