Ahora que sé que me lees

Sin rostro, sin hora, sin lugar,

pero me lees,
lo sé en mis letras que vibran
cuando las tocas con tus ojos,
quizás muy temprano,
envuelta en el frío del alba.
No envidio a mis letras,
pero se cuelan en tus ojos,
acarician tus sentimientos
muy adentro, en tu fondo.
Me siento entonces infinito.
Puedo imaginar sábanas
y una noche de verano
y una ventana llena de luna.
Puedo crear caricias, amantes,
abrazos que enredan,
noches que pasan
sobre una cama.
Y allí estas siempre tú,
bebiendo palabras,
desnuda sobre las páginas.
Para tí, que entregas tu imaginación a mis palabras.

Trenes y estaciones

Hoy estaba desempolvando uno de mis CDs antiguos y disfrutando con ese hipnótico “Last Train Home” de Path Metheny.

Esa canción me fascinó la primera vez que la oí, una madrugada de jueves a finales de los 80, cuando aguantaba el sueño para tragarme Metrópolis en La 2, cuando las novedades llegaban por la tele y no por internet. Ni siquiera me quedé con el nombre del autor, pero durante años deseé tener ese video de nuevo, porque quedó grabado en una inservible cinta de vídeo Beta que ya no se puede reproducir. Qué diferente hoy en día. Me ha bastado encender el ordenador y esperar unos segundos para verlo de nuevo (http://www.youtube.com/watch?v=Sq5oqY3-vhg).
Dejándome llevar por las imágenes no he podido evitar la nostalgia, y me he sentido un poco como ese tren incansable del vídeo, siempre en movimiento, siempre adelante sin detenerse y sin mirar atrás.
Y el caso es que al final he terminado pensando en los trenes que pasan, en las estaciones que se dejan atrás, y en algunas estaciones que aparecen de nuevo en el camino por las que ya pasó un tren de largo.
Y bien es verdad que a veces me gustaría ser como un tren de cercanías, rutinario, familiar, predecible. Pero para eso hace falta una buena estación, sencilla y sobre todo amplia y luminosa, sin curvas cerradas, sin semáforos caprichosos, sin horarios de apertura y cierre, sin prisas…
Así que de momento me quedo en hacer viajes de costa a costa, atravesando vacías praderas con sus riachuelos cristalinos y su aire limpio, las tormentas de primavera, el calor del verano, el viento del otoño, y sus helados inviernos. Prefiero sus rectas interminables hasta más allá de donde se pone el sol, con todo el tiempo del día y de la noche para detenerse a descansar.
Creo que este verano, vaya donde vaya, probaré a tomar un tren. Me parece que por primera vez seré un tren que alguien ha perdido.

Nada

Sol de amanecer.

Luz cálida de primavera

contra ese mármol frío al alba

y esa vacía plaza blanca.

Mirada a mirada

recupero un recuerdo,

mi recuerdo,

mi ciudad,

que no era fría, sino bulliciosa,

plena de verano,

de turistas en cola,

de buscar una sombra

de aire respirable.

Las piedras relucen,

el viento las limpia,

se lleva una atmósfera densa,

se lleva las dudas,

las ambigüedades,

las noches que duran un espejismo

los espejismos de una noche

los lagos sin agua,

los fondos de arena.

El viento se lleva lejos

espejos que devuelven imágenes que no son,

palabras que no valen ni siquiera lo que significan

y sobre todo,

distancia…

distancia.

Distancia poblada de palabras y palabras

que mantienen la distancia calculada.

Ni cerca ni lejos,

sino exactamente en medio,

en medio de la duda,

en medio de la indecisión.

Distancia exacta que necesita nada para ser eso,

absolutamente nada.