La densidad de la materia

Agujeros negros,
espacio helado
eterno acero

supernovas oscuras,
pozos supermasivos
abismos de locura.

Negro y vacío,
pero sobre todo
muy muy frío.

Salgo a la noche helada
bajo las oscuras galaxias
y siento más frío por dentro
que el que me cae por fuera.

Solo frío donde poco antes
no sobraba una estufa
ni era grueso el jersey,
sino el milagro del calor.

El calor de la materia negra.
Negra de terciopelo suave,
negra desde los pies a la cabeza.
De las medias, de las piernas
del cuello, oculto a mis besos.
Negra rosa de terciopelo
con las blancas manos
brotando por encima del cálido negro
de tu regazo.

El milagro de la densidad.
El milagro del breve espacio
que va de cadera a cadera,
de hombro a hombro,
de rodilla a rodilla,
de tu espalda a tus senos,
de labio a labio.

El milagro de cómo una breve masa
rodeada de ese amable espacio
ejerce tanta atracción como todas las galaxias

El milagro de cómo recibir tanta pasión
sin que hierva la razón..
El milagro de la densidad  del amor.

Amar sin red

Al principio cometí un gran error.

Pretendí que me tendieras una red para ir sobre seguro. Que me dieras pistas, señales, que me alentaras. Pero, ¿cómo ibas tú a hacerte cargo de mi miedo a volar si recién acababas de caerte?

Fueron pequeños intentos de levantarme del suelo, creyendo que esos tímidos saltos iban a permitirme cruzar el abismo telefónico que nos separaba, y poniendo la responsabilidad del otro lado, que solo se preocupaba de sobrevivir en su naufragio. Luego vino otro naufragio, una isla desierta y un darme cuenta de que los tesoros estaban al otro lado del mar que me aislaba.

Ahora comprendo que las cosas no pueden hacerse así. Si uno quiere volar tan alto como los trapecistas, no puede estar pendiente de dónde está la red y si la caída será dentro o fuera de ella.

Solo así se puede llegar lo más lejos posible. Sin reservas, sin precauciones. Con mucho miedo de caer, porque no hay ni la más mínima seguridad.

Entonces, y solo entonces, uno se entrega amando, a fondo, con todas las fuerzas, con todo el tiempo, con toda la pasión. Cuando no se puede pensar en otra cosa que en el momento presente, en lo que se entrega sin compensación, en lo que se arriesga.

Porque cualquier duda, cualquier atisbo de querer una seguridad, nos puede distraer en el momento más difícil, en el punto más alto del salto.

No sé si seguiré volando o si caeré, si acabaré abrazado a tu pecho o en el duro suelo. No quiero mirar hacia abajo y ver la altura que ya he alcanzado.

Hoy solo quiero seguir volando.
Seguir amándote.
Otro día más.

Cómo seguir

Cómo seguir cuando te alejas…
Tanto como para buscar escusas congeladas
a 60 metros de tu partida
tanto como para ganar cinco minutos más de felicidad
incluso bajo una farola apagada.

Tanto llena el regalo de tu sonrisa que más dura se hace la partida
que me asaltan ideas de huir a una helada noche estrellada
de salir a una sierra pelada y tratar con hielo esta lesión que deja tu vacío.

Pero me ahorro el largo camino con mis luceros de colores
mi árbol de navidad junto a mi estufa y mi alfombra colorada
el mismo calorcito que a tí te conforta y a mí me cura este corazón frío.

Algo muy grande

Discutimos y nos perdonamos.
Y al colgar el teléfono de pronto
algo muy grande subió de abajo
y me llenó todo de lado a lado.

Algo que casi quemaba
algo que casi asfixiaba
algo que no quería callar.

Dudé si pedir auxilio o gritar
pero un teléfono vino a ayudar
y un gran “te quiero” voló sin parar.

Llueve

Está lloviendo en este día de sol.
Un sol de sonrisas y de ternura.
De unas nubes de dulcísimo tiramisú.
Una lluvia de besos tranquilos.

Llueven besos sobre tu piel fragante.
Caen con cuidado sobre tus hombros adorables,
resbalan por tu cintura hermosamente ceñida,
y se posan en tus delgadas piernas
que los aguardan para desayunar.

Vientos de este sur soleado,
altas presiones emocionales,
claros matinales en las pupilas,
tiempo de felicidad estable,
anticiclones de sonrisas navideñas.

¿Y qué tiene de extraño un beso,
si es tan solo la necesidad urgente
de acortar la distancia
entre tu boca y la mía?

Robos y prohibiciones

Como tengo prohibido decir ciertas cosas, no puedo decirte que te he robado cinco minutos. Cinco hermosos minutos.

Ayer te quedaste dormida. Seguramente no me dí cuenta en seguida, porque apenas me volvía a mirarte.
Pero cuando te miré, estabas dormida, con la cabeza ladeada sobre el hombro, encogida bajo tu mantita.

Al principio pensé en llamarte  pero de pronto dudé. Es la primera vez que te observo dormida. Y por cinco minutos me quedé saboreando el placer de estar haciendo algo prohibido sin que nadie me pudiera ver.
Sentía el riesgo de que esos ojos se abrieran y me descubrieran. Ya sabes que no puedo mirarte a los ojos porque me recorre el vértigo  como si mi corazón saltara por una catarata de aguas impetuosas.

Durante esos lentos latidos del reloj, descubrí un nuevo mundo. Te vi rendida al cansancio del sueño. Por primera vez tu rostro con los ojos y la sonrisa apagados. Encontré párpados y labios fatigados dónde siempre hay viveza nerviosa y alegría. Ahí estaba la mujer que cada noche se rinde al sueño cansada después de trabajar, educar, mimar, estudiar, cocinar, y querer. Que sueña dormida con sus ilusiones porque el día no le deja detenerse a soñar.

A veces me dices provocativa: “¡A ver en qué me vas a critícar hoy!”

¿Qué le puedo decir a una mujer que acaba cada día rendida así?

Solo cabe la ternura de un abrazo que alivie un poco el cansancio.
Solo tiene sentido un beso de buenas noches para que esos labios dormidos dibujen de nuevo su sonrisa.
Solo rendirme a mi fatiga y quedarme dormido… quizá a su lado.