Cerrado por defunción

Hoy se me ha muerto la poesía.
No se ha muerto. Me la han matado.
Ha habido gotas que colmaron el vaso,
pequeñas, pero vinieron tras bañeras
y baldes de agua fría que lo rebosaron.

Quizás será la poesía, como decía mi amiga Lídia
en una tarde lluviosa de otoño muchos años de
olvido ya pasados, unas gafas que me pongo para
ver lo hermoso de la vida.

Unas gafas que me pongo para ignorar la maldad y
la mala leche, abundantes y ubicuas, si decir así se quiere.
Para no ver lo mezquino y lo sordo del sistema,
que a unos pisotea y a otros jalea.
Para no ver la falta de gestos y de afecto,
la frialdad del vecino, y la peor sordera del amigo.

Unas gafas que me pongo para no ahogarme de pena,
de luto y en la mierda en que se ahoga esta sociedad enferma.

No niego que puedo encontrar diez personas justas para salvar Sodoma,
pero ando con la mano en la cartera para que no me la vuelen,
reviso cada factura para reclamar antes del próximo jueves,
y vigilo mi bici por si se desboca bajo las piernas de un hijo de Gomorra.

Hoy no tengo ganas de bachata de letra romántica,
solo me anestesio con música clásica,
con problemas de matemáticas,
con Borges, Cortazar y cualquier cosa abstracta.

Hoy me siento un idiota
que cantaba con su guitarra a solas,
que con sus gafas de poesía
creó un amor que solo existe en verso,
sin querer ver la simple realidad,
la estricta realidad,
la vana futilidad,
y el sólido vacío que me separa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *