En el silencio

En el silencio que crea esta breve distancia
se oye con nitidez el bullir de los sentimientos
ahora que mi corazón no resuena con tanta fuerza.

En la ausencia que deja tu cuerpo en mis ojos
recuerdo infinidad de de detalles tiernos
ahora que el contraluz de tu deliciosa cintura no me abrasa.

En el vacío que mis brazos no pueden estrechar con toda su fuerza, mi piel todavía siente el frío y el calor que aun existen más allá de ti.

Vivimos en medio de una deliciosa tormenta, de un huracán de pasión compartido, pero lo que de verdad me quema sigue siendo tocar tu misteriosa esencia.

Porque tu misterio no está en tu cálido vendaval ni en tu lluvia abrasadora sobre mí piel, sino en la misteriosa calma dentro del ojo de este huracán.

Tu misterio sigue estando en una sonrisa espontánea, en un apresurado beso de despedida, en el latido de tu corazón, en tus ojos abriéndose en la mañana.

En el silencio no necesito galaxias lejanas o noches estrelladas,
abrazos apasionados, ni fuego descontrolado.

En la ausencia solo necesito silencio para quererte.

Luz solitaria

Una noche fría con viento del norte.
Una calle desierta, cercada por ventanas apagadas.
Tantas noches he oido el eco de mis pasos en el silencio
de la madrugada.
Pera esta noche no es el frío el que estremece mi espalda.
Esta noche hay una luz encendida,
hay luz bajo su tenue calidez,
donde un sofá y una manta nos cobijan.

Esta noche me estremece tu beso
que bautiza con tu saliva mi pecho,
esta noche el frío está fuera,
y yo dentro, muy dentro,
abrazado a tí,
mezclados y sumergidos en el otro,
como una gota de lluvia con su círculo que la abraza,
la besa, y la rodea apretándola con una suave onda
que la convierte en agua dulce y salada,
en sudor y felicidad,
en beso y agonía,
abrazados,
juntos,
rodando sobre la madrugada,
bajo el amarillo de esta luz solitaria.

Puede

Puede que tema que un día me falten las fuerzas,
puede que el desánimo o el cansancio venzan mi mirada,
puede que una mañana llegue muy tarde a tu casa,
o que una noche me acurruque escondiendome bajo el cielo frío.

Pero no podrá ser en un universo en el que haya dejado de amarte,
ni podrá dejar tu piel de ser la cerilla que incendia mi sangre,
ni podrás dejar de oir mis labios llamándote de noche,
ni mi memoria cansada podrá olvidar como abrazar tus caderas.

Cerrado por defunción

Hoy se me ha muerto la poesía.
No se ha muerto. Me la han matado.
Ha habido gotas que colmaron el vaso,
pequeñas, pero vinieron tras bañeras
y baldes de agua fría que lo rebosaron.

Quizás será la poesía, como decía mi amiga Lídia
en una tarde lluviosa de otoño muchos años de
olvido ya pasados, unas gafas que me pongo para
ver lo hermoso de la vida.

Unas gafas que me pongo para ignorar la maldad y
la mala leche, abundantes y ubicuas, si decir así se quiere.
Para no ver lo mezquino y lo sordo del sistema,
que a unos pisotea y a otros jalea.
Para no ver la falta de gestos y de afecto,
la frialdad del vecino, y la peor sordera del amigo.

Unas gafas que me pongo para no ahogarme de pena,
de luto y en la mierda en que se ahoga esta sociedad enferma.

No niego que puedo encontrar diez personas justas para salvar Sodoma,
pero ando con la mano en la cartera para que no me la vuelen,
reviso cada factura para reclamar antes del próximo jueves,
y vigilo mi bici por si se desboca bajo las piernas de un hijo de Gomorra.

Hoy no tengo ganas de bachata de letra romántica,
solo me anestesio con música clásica,
con problemas de matemáticas,
con Borges, Cortazar y cualquier cosa abstracta.

Hoy me siento un idiota
que cantaba con su guitarra a solas,
que con sus gafas de poesía
creó un amor que solo existe en verso,
sin querer ver la simple realidad,
la estricta realidad,
la vana futilidad,
y el sólido vacío que me separa,
cuando estoy en tu dulce y silenciosa presencia.

Rincón en la penumbra

Me retiro lo que da de sí un suspiro
a contemplar el mar ondulado,
rosa y anaranjado,
en la penumbra que esconde
esta noche tu espalda.

Olas suaves, caderas,
hombros, lunares,
y lo recorro flotando
en caricias azules,
que me llevan hasta tu boca
donde arranco suspiros
con un beso repentino.

Te vuelves, y un abrazo nos reune
cara a cara tras un segundo de ausencia.
Mi recuerdo abrazando tus caderas
se disuelve mirándome en el fuego de tus ojos.
Mientras, tú te bañas
en el azul de los míos
y tus dedos se pierden en mi pelo
sin querer ser encontrados.

Un beso,
una eternidad de sabores
un postre de fresa
que se regala tu boca.
Una separación,
tan solo el espacio necesario
para temblar un segundo
y bajas para oír un corazón
que te susurra locuras
al otro lado del pecho.

Y es que esta noche he dejado
por un rato mi rincón
para visitarte en tu rincón,
acogedora, deliciosamente desnuda
y envuelta en la penumbra.

Nada menos que eso

“Te echo de menos” no significa menos que eso,
un nítido y doloroso vacío en los ojos
que aparece después de alejarme de tí.
La separación entre caricia y caricia,
el picante entusiasmo que precede
al contacto de una mano.

Una caricia no significa menos que eso,
la cálida piel de un anochecer en verano,
un arrullo de pétalos volando en la brisa,
una chispa de alegría entre tu piel y la mía.

Un abrazo no significa menos que eso,
un brote de pasión de nuestros brazos
que tratan de evitar por la fuerza
una separación obligada.

Un beso no significa menos que eso,
un cielo de terciopelo para los labios,
un prado florido para los ojos cerrados,
una sinfonía de susurros para los oídos,
el sueño anhelado para el caminante cansado,
y nuestros ojos jugando abrazados.

Nada menos que eso.
Nada menos que tú.
Nada menos que yo.
Nada menos que dos.

Mercadillo

Voy a hacer un mercadillo
porque me siento consumista
me sobran cachivaches y tonterías,
me sobran cosas y me faltan risas.

Tengo un desván de cosas desvencijadas
de recuerdos que pensaba lujosos
y de experiencias oxidadas
que cambio por simples antojos.

Cambio montar a caballo con mi poncho colorado
por una caminata en el parque de tu mano
y siete meses de aventura en la altura peruana
por dos comidas y tres postres de tu cocina.

Regalo la escalada de una montaña alpina
por una puesta de sol con el fondo de tu sonrisa
y dos poemas y siete novelas
por tu risa locuela en bicicleta.

Me sobran cachivaches y tonterías
me faltan tus besos y me faltan tus risas.

Otra vez en Florencia

Corrías volviendo de un primer beso,
subida en alas de mariposas,
la calle al alba llena de rosas,
rojas y mojadas de puro deseo.

Aun la mañana no llegaba,
y ya el recuerdo de los labios,
hacia el río por el viejo barrio,
hasta el mármol te envidiaba.

Estatuas ávidas de tu soplo de vida,
del que el mármol las priva.
Puentes que quieren ser tu confidente,
y ríos que te reflejan en su corriente.

Cantando tu vida enfrente,
iluminando tu libertad delante.
Soñará quien dejes regalarte amor.
Sonreirá quien le aceptes una flor.
otra vez en aquella primavera en Florencia
otra vez en aquella juventud eterna.

Nada más que eso

“Te echo de menos” no significa más que eso,
un indefinible y leve vacío en el vientre que nunca se sacia
incluso después de un eternidad de estar juntos,
la necesidad de nunca abandonar
la agradable tarea de estar a gusto dos.

Una caricia no significa más que eso,
un cosquilleo en la yema de los dedos,
el vértigo de atravesar
el vacío que nos separa,
y constatar que tu piel no quema,
pero que se derrite con el contacto.

Un abrazo no significa más que eso,
un leve esfuerzo muscular,
calor instantáneo para atravesar
todos los desiertos polares,
gasolina de amistad y ánimo,
y una sutil promesa de que nunca estarás sola.

Un beso no significa más que eso,
un cosquilleo en la nuca
que hace olvidar las prisas,
el sabor salado y tierno
que busca acariciar mi boca,
un choque de pupilas
que se abandonan a la caricia.

Nada más que eso.
Sin ningún compromiso.
Sin ningún papel.
Sin ninguna obligación
más que estar donde se quiera estar,
más que dar lo que se desea dar,
más que recibir lo que se quiera entregar.

Solo por eso

Solo por eso,
me dices,
que te quiero por tu carne.

Es la pura verdad.

Te quiero por tu boca y tus labios,
que dan cuerpo a tu sonrisa,
te quiero por tu pecho,
desbordante de toda la ternura.
Te quiero por tus caderas y tus senos,
porque te prestan curvas de mujer para que te adore.
Te quiero por tu vientre,
milagro y misterio que genera vida.
Te quiero por tus manos,
que ponen acción a toda tu energía.
Te quiero por tus piernas,
motor de tu día a día.
Te quiero por tus ojos,
que me miran algunas veces.

Es verdad.

Si fueras de papel y tinta, o una imagen en una pantalla, sería una locura enamorarse de una utopía.
Pero ¿es un pecado amar a una mujer de carne y hueso?