¿Y si resultara que Ulises se aburría?

Me acaba de venir una terrible revelación. ¿Y si resulta que Ulises en realidad se aburría en casa más que una ostra en el desierto? Habría saltado entusiasmado cuando sus compañeretes de juergas bélicas pasaron por Itaca a recogerlo en sus bólidos a remos.

Ayer hablaba de eliminar el deseo para reducir la frustración inherente a la vida. Pero, ¿de verdad tienen razón los orientales sobre lo nefasto del deseo?
¿Qué sería la vida sin un poco de sabor picante a desafío? El exceso de deseo sin sentido (el capricho) es la principal enfermedad espiritual de occidente, pero seguir los deseos profundos que brotan del alma es parte de la condición humana y del placer de estar vivo.

¿Existe acaso alguna forma más hermosa de ser infeliz que perseguir la felicidad?

Qué latazo

Sinceramente debo pedir disculpas por el post de abajo.

No quiero parecer erudito, ni serlo, pero me enrollo más que una persiana. Confieso que me gusta escribir con una función más terapéutica que otra cosa… de verdad, mi intención no es que nadie lo lea, estoy hablando solo, para deshacerme de algunas ideillas que me molestan en la sesera.

Tendré que poner señales de advertencia de peligro delante de los artículos latazo. 😉

Aprendiendo a ser felices


Un día estupendo de primavera. Bueno, solo lo estropeó un poco el viento algo frío. Y es que ha nevado esta semana en las cumbres de Sierra Nevada, pero también a 2.000m en la Maroma y la Sierra de las Nieves. Vamos, aquí al lado. Un día estupendo, ¡sí señor! Sol, viento, mar, el canto de los pájaros, tiempo, un libro, un sitio para estar, libertad para estar, y una vida entera por delante para vivirla. ¿Qué mas se puede pedir?

Eso es lo curioso. Siempre queremos más, siempre nos preguntamos qué hay detrás de aquella montaña en lugar de contemplarla desde aquí y reposar, hacer inventario, curar nuestras heridas o simplemente sentir el calor del sol y el efecto benefactor del descanso en nuestros músculos.

Konstantinos Kavafis (Κωνσταντίνος Καβάφης) nos descubría en su poema Itaca el verdadero significado de las tribulaciones humanas, el de la iniciación a la vida mediante las experiencias. Sin embargo, todos caen (caemos) fácilmente en la confusión de ensalzar el viaje frente a la contención del viajero que mira el horizonte con nostalgia pero prefiere contemplar día a día como el sol sigue su camino por el cielo sin tratar de seguirlo.

Kavafis no dijo en ningún momento que el viaje sea mejor. Ni siquiera necesario. Ni que la experiencia sea preferible a la contemplación. Sin embargo, en nuesta aburrida sociedad, dispuesta a inventar en seguida algo para distraer la mente, caemos en seguida en la tentación de justificar con este poema la inquietud continua y pintarla de un bonito color “crecimiento personal” para disfrazar el sinsentido: la acción continua sin objetivos.

Quizás, detrás del poema de Kavafis se esconde una fina ironía difícil de captar por los modernos e inquietos aprendices de Ulises:
1. El rey de Itaca no tenía gana ninguna de salir de casa para irse con sus amigos a la guerra (posíblemente le pillaron ya en pijama y a punto de cenar). Cuando es conminado por Agamenón y Menelao a unirse a la expedición se finge loco, pero es descubierto y a regañadientes tiene que dejarse sin acabar la cena que su mujercita le acababa de preparar para irse a una guerra que ni le importa ni le gusta. Vamos, que tonto no es.
2. Cuando consigue liberarse de las obligaciones, varios años después, ya es tarde. Aunque desea estar en casa, en bata y pijama, y sentarse con una cervecita frente a la tele y continuar viendo la pelicula que se ha dejado a medias cuando se fue, no puede hacerlo porque los problemas no le dejan retomar las cosas donde las dejó.
3. Cuando por fin consigue volver ya no está para muchos trotes y además se encuentra la casa hecha unos zorros. Además, llega un poco tarde para retomar su vida por donde iba antes de marcharse. El y su mujer son ya muy mayores. Telémaco se ha hecho todo un hombretón y el se ha perdido la adolescencia del hijo. Bueno, por lo menos no tuvo que dejarle el coche los sábados por la noche.

El kit de la cuestión no es que quiera hacerse más sabio con el viaje iniciático. El meollo del asunto es el antagonismo entre querer y poder. Ulises, más que a los héroes, representa a la persona común y corriente que nunca puede hacer lo que quiere. No se trata de hacer el primer capricho que se le pasa por la mente, sino lo que necesita para ser feliz. Pero, ¡triste es la vida! Las cosas siempre le salen al revés y nunca viaja en la dirección que quiere.
Conclusión: “Carpe diem”. Disfruta lo que puedas de lo que te toca vivir cada día porque en este mundo hay poca justicia y en general el destino es muy cruel con los humanos por mucho que se esmeren en conseguir la felicidad.

No quiero decir que vivamos en un valle de lágrimas. Ciertas tendencias actuales de autoayuda nos incitan a ser felices creyendo ciegamente en la bondad del universo y de las personas, lo que nos lleva indefectiblemente a una bofetada segura del destino. La diferencia es el matiz de trata de reducir las espectativas para no frustrarse demasiado. O sea, ser intensamente feliz porque apreciamos las pocas migajas que el universo nos regala cada día.

No quiero parecer aguafiestas. A veces sobran las razones para la felicidad, y a veces no sobran. El problema es como sobrevivir en esos momentos bajos. No hace falta mucha práctica para ser feliz cuando sobran las razones…

Alpinismo

Para disfrutar del alpinismo te tiene que gustar pasar frío. Hay gente a la que no le gusta y otra a la que le gusta el frío. A mí me gusta.
Pero, ¿puede alguna vez ser placentero el frío? ¿Cómo le puede gustar a alguien pasarlo mal a propósito?
Yo no creo que el frío intenso pueda nunca ser un placer. La vida misma es una lucha contra el frío. En los genes y la piel llevamos grabada la sensación cálida de las praderas africanas cuando nacimos hace 1 o 2 millones de años.

¿Y entonces?

Bueno. Yo creo que es precisamente eso. Cuando se retorna del frío, la vida late en el propio cuerpo con más intensidad. Después de haber estado encogida en el interior, acurrucada, defendiéndose, cuando nota que el peligro ha pasado, comienza a ocupar de nuevo todo el espacio, sale a borbotones y rezuma por la piel y hasta más afuera todavía.

Así debería ser siempre la vida, sentida a borbotones, pero tristemente necesitamos del frío para volver a sentirla.

Aunque no pueda creerlo

Veo el mar envuelto por un cielo gris y un frio que penetra en mí más de lo que debiera, teniendo en cuenta que lo contemplo a través de la ventana.

El canto de los pájaros rompe el estatismo de la imágen. El tiempo no está muerto. El frio no ha congelado el mar ni a mí mismo, aunque no pueda creer ahora otra cosa.

No es posible sentirlo, y sin embargo, el sol está ahí, encima de esas nubes oscuras. Está calentando todo, dando vida, brillando. Aunque no pueda creerlo, la primavera tiene que venir. Se abrirá paso entre las nubes, será más poderosa que el frío de esta tarde gélida y se infiltrará en todas las cosas, llenándolas de vida, de calor, de energía.

Aunque no pueda creerlo, ocurrirá así como os lo digo. La vida volverá.

En busca de mi sofá

No sé como explicarlo, pero he perdido mi sofá.

Es una situación absurda, ya lo sé. Sobre todo si explicara las circunstancias concretas.

Es un proceso que me ha llevado años, poco a poco, pero lo he ido perdiendo, y no me he dado cuenta hasta hace menos de una semana, de sopetón, como todos los malos tragos de la vida.

No podría explicar claramente cómo se siente uno sin su sofá. Imagina un día de lluvia de mediados de febrero, mejor un sábado. Después del desayuno sientes un frío que pela y te apetece tomar tu mantita y acurrucarte en el sofá…. ¡Pues ni manta ni sofá! Solo desamparo, una sensación de desprotección contra el frío, contra la lluvia, contra el cansancio. Una condena eterna a vagar errante de pié por la vida sin reposo. Porque un sofá es bienestar, es reposo, es hogar, es… lo que he perdido.